El dolor de la familia de Beto: “Quisiéramos despertar y que él esté acá”

Juan Alberto González murió acribillado el pasado 1º de abril en Andreu al 1300. Todos los indicios, tal como sostiene la familia desde un principio, apuntan a que fue asesinado por error: «Mi hermano estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado»

“Parece un sueño, quisiéramos despertar y que él esté”. El lamento es de Sandra, mamá de Juan Alberto “Beto” González, un chico asesinado a balazos el pasado 1º de abril en Villa Gobernador Gálvez. Beto tenía 23 años y trabajaba desde los 12; actualmente se desempeñaba como repartidor de achuras, un oficio que le demandaba varias horas de trabajo pero a poco le allanaba el camino para ser su propio patrón, algo que nunca se concretará: “Mi hermano estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado”, dice Antonela, su hermana menor. La principal hipótesis es que los tiradores confundieron la silueta de Beto con la del verdadero blanco, quizá alguien que vive cerca del lugar del crimen.

En su casa de Villa Diego, una digna vivienda de pasillo que fue sumando habitaciones a medida que crecieron los hijos, la familia González recibió a El Ciudadano.

Los González, un núcleo unido de trabajadores, saben que nada en el mundo les devolverá a Beto. Y el dolor de su ausencia, el que incluso sienten sus mascotas, dos gatos siameses, y su pequeño sobrino, nunca cederá. Pero creen que el duelo podrá comenzar cuando sepan verdaderamente qué ocurrió la noche en que fue arrancado de sus seres queridos.

“Decían que fue ajuste. Definitivamente un ajuste de cuentas para alguien era. No sé para quién, no sé de parte de quién. Pero no para mi hermano”, pone blanco sobre negro Antonela, hermana de la víctima. Y es que, tal y como sostiene la familia desde un primer momento, el ataque no era para Beto: esa es la principal línea de investigación de la Fiscalía de Homicidios, según confirman voceros judiciales.

Para tener intentar imaginarse el dolor de la familia González hay que retrotraerse a la noche del lunes 1º de abril, víspera de feriado del Día del Veterano y de los caídos en la guerra de Malvinas. Esa noche a Beto lo invitaron a salir y pese a que a la mañana siguiente debía trabajar, accedió para no fallar a sus amigos. Cenó con su familia: su papá, mamá y su hermano adolescente. “Si no tenés ganas de ir no vayas”, le dijo el papá a Beto antes de que el joven entrara a bañarse. “Voy a venir temprano, porque trabajo medio día”, replicó el chico.

Al contar esos momentos finales junto a su hijo, la mamá de Beto no puede evitar quebrar en llanto: “Fue todo tan ligero. Tuvimos un día lindo con él, estaba bien, normal”.

Beto salió arreglado y perfumado en su Volskwagen Bora, el auto que se compró con el esfuerzo y aún estaba pagando, camino a la casa de su amigo Brian, a unas seis cuadras de su casa, en Andreu al 1300.

“Mi hermano llegó a la casa de Brian, que supuestamente entró a la casa a bañarse y le dijo a Beto que pase, pero él se quedó afuera con el celular, parado de espaldas a la calle. A las 23 Beto puso un estado de Whatsapp”, recuerda Antonela.

En ese momento apareció furtiva una moto con dos ocupantes que sorprendió a Beto. No le dieron tiempo a nada: en segundos, una ráfaga de plomo hizo blanco en su cuerpo. “Fueron 16 impactos contra su cuerpo. Era una automática. Yo no sé de armas pero me dijeron que puede haber sido una de esas que se gatilla y salen muchos tiros. Habrán sido 30, seis impactaron en el auto”, cuenta Antonela. Después de la acción homicida los asesinos huyeron; Beto quedó malherido en gravísimo estado. “Pasadas las 23 suena el timbre. Me vinieron a avisar que pasó algo. Pensamos que era un accidente, nunca imaginamos algo así. Ahora cuando pienso en ese momento… Pobre, él era miedoso. No me puedo imaginar, le arrancaron los dedos a balazos, como si se hubiese querido proteger”, cuenta compungida Sandra.

“Por empezar –dice Antonela–, la ambulancia como pasa siempre acá nunca llegó. Llegó mi papá primero y lo trasladó en el auto de él al hospital Gamen. No estamos lejos. En el lugar había un patrullero pero no había más nadie. La Policía estaba con miedo. No sabían qué hacer, no mostraron profesionalismo. En el Gamen casi no lo tocaron. Estaba muy grave. En una ambulancia con mi papá lo trasladan al Heca”.

En esos momentos de desesperación, la familia González tuvo que soportar rumores infundados que relacionaban el crimen a un ajuste de cuentas, un veredicto que le cabe a cualquier víctima de barrio humilde hasta que se demuestre lo contrario. “Beto no se drogada –dice Anto–, ni porro fumaba, mi hermano era una persona no conflictiva. Capaz que alguien le decía algo y lo dejaba pasar. En la calle nunca tuvo problemas. Sus días los pasaba repartiendo achuras para un muchacho que compra en un frigorífico y vende en carnicerías, él era chofer”.

Otra situación adversa que vivió la familia fue con el accionar de la comisaría 25ª. Los uniformados, contó la familia, nunca pusieron a resguardo el Volkswagen de Beto, en cuyo interior hallaron proyectiles que, como en toda investigación, son parte de la prueba. Al final, el peritaje se hizo en la propia casa de Beto, días después del ataque.

Beto murió en la madrugada de miércoles en el Heca. Antes en las redes sociales su foto se compartió de a cientos a modo de cadena de oración. A su sepelio en el cementerio Parque asistieron decenas de personas, un número que sorprendió incluso a su familia. Es que el repartidor de achuras había hecho amigos de todas las edades por todo Villa Gobernador Gálvez y Rosario. También era aficionado a los caballos, por lo que era habitué de las tradicionales jineteadas en barrio Coronel Aguirre.

Para no entorpecer la investigación, la familia González prefiere no hacer mención a las hipótesis que manejan los detectives sobre los autores del crimen: “Ya sabemos que fue una equivocación, como nosotros pensamos en un primer momento. Eso la Justicia lo sabe. Y ahora están investigando dos o tres líneas, para no basarse en una sola”.

Mientras, soportan el dolor de la ausencia de Beto.

Fuente: El Ciudadano – por Bruno Bettiol


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